Los Sexosos

domingo, 26 de junio de 2011

Brooke, eterna Brooke.



Hace muchos, muchos, muchos años, tuve dudas sobre mi sexualidad.
Siendo muy pequeña, una niña inocente, sentí una atracción muy fuerte hacía otra mujer, ella era una jovencita mayor que yo, pero su belleza me abrumaba, fue la primera persona que me gustó en la vida, entonces no me cuestioné si aquello estaba bien o mal, tan solo lo sentía, se me caía la baba cada que contemplaba su rostro, que era divino, angelical, así la veía, como un ángel, ahora muchos años después, sigo pensando lo mismo, que la belleza adolescente de Brooke Shields no tuvo ni tiene comparación.

Aunque hora que soy una adulta de cierto criterio, no logro comprender que demonios tuvo su madre en la cabeza para permitir que su pequeña hija iniciara su carrera expuesta de tal manera, con toda franqueza, las fotos de Brooke, que hace mil años me parecían de los más normales, ahora me parecen que son evidencia para meter a su madre y al fotógrafo a prisión, tal vez eran otros tiempos, pero es obvio que no faltaron los perversos que se dieron vuelo contemplando a una niña en semejantes imágenes, y ni que decir que la película que lanzó a Brooke al estrellato, Pretty Baby (1978) la cual hace poco tuve la oportunidad de ver por vez primera y aunque me fascinó ver la belleza de la pequeña Brooke en su mejor momento, no dejó de parecerme aberrante que su madre le permitiera aparecer en tal historia.
No sé que piense ahora Brooke de que su madre haya lucrado con su inocencia, yo seguro, jamás se lo hubiera perdonado, pero bueno, el tema no era la ambición de su madre, si no lo que su belleza provocó en mí hace tantos años.

Aquella atracción fue algo que no volví a experimentar, aunque hay muchas mujeres que considero hermosas, ninguna me ha inquietado como lo hizo ella, y aunque sigue siendo una mujer muy bella, ya no me provoca lo que entonces me provocó.

Si en mis manos estuviera la posibilidad de hacer una cápsula del tiempo, metería en ella, entre otras muchas cosas, fotos de la joven Brooke Shields y diría que ella es el ejemplo de que algún día la raza humana, logró la perfección.

domingo, 12 de junio de 2011

De la piel y las palabras

Confieso que me he robado un post del blog PURAS LETRAS como no he pedido permiso, ahora pido perdón a la autora de tan sensual post, Wendolín Perla, quien seguro dispensará mi atrevimiento, puesto que ella es una gran lectora que gusta de difundir todo aquello que lee, así pues, al leer éste texto, se me antojó compartirlo con todos los lectores del blogxxxito, espero que lo disfruten tanto como yo.
DE LA PIEL Y LAS PALABRAS

Te pones cómoda.

Te miras al espejo, te gustas.

Cierras la puerta.

Pones música.

Apagas la luz.

Te tiendes bocarriba en la cama.

Respiras hondo y profundo.

Te piensas.

Te desprendes de ti y te ves desde arriba.

Te gustas.

Te tocas.

Una a una, te desprendes de tus prendas. No hay ritual. Sólo procuras la desnudez.

Tu desnudez.

Tu aceptación.

Y te das cuenta sólo entonces de que, aunque no cubras los requisitos impuestos por la moda, eres hermosa. Te reprochas haberte reprochado tantas cosas. Y no sabes cómo, no puedes entender cómo, pero te gustas. Te gustas muchísimo. No es narcisismo, nada tiene que ver con eso. Te deseas.

Cierras los ojos. Recorres, con la mano derecha, tu cuerpo desnudo. Tu mano izquierda, mientras tanto, coquetea con tus labios entreabiertos, se posa sobre tus párpados.

Tu mente está en blanco. Sigues flotando sobre ti misma, analizándote, recorriéndote palmo a palmo. A esa misma velocidad tu mano va posándose sobre los más osados intersticios. Te descubres, de pronto, húmeda y excitada. Te gusta.

Te sientes feliz.

Pasas la mano por el pecho y te encuentras con tus senos. Te detienes en el pezón. Humedeces tus dedos en tu boca y trazas sobre tus pezones líneas imaginarias que contribuyen a la erección, que dan paso a la representación más sutil y más contundente del placer femenino: unos senos firmes, un pezón que responde ante tus propios estímulos.

Y te sorprende ver que aunque vives con tu cuerpo desde hace tantísimo tiempo, llega un punto en el que te desprendes y entablas con él un diálogo bilateral de fuerzas descomunales.

Y la música sigue. Y enloqueces progresivamente. Los ojos están cerrados y tu antebrazo izquierdo se ha colocado, sin que hayas tenido nada que ver en ello, sobre tus ojos. Con los ojos cerrados lo ves todo. Y entonces cobra vida la oscuridad entera.

A la vez que procuras los resquicios más húmedos de tu cuerpo, van apareciendo las fantasías más descabelladas a la luz de la luna. Es una sombra entonces la que se coloca sobre tu cuerpo, besándote, acariciándote, recorriendo contigo (al estilo Lovecraft) las montañas de la locura. Puedes pedirle lo que quieras, y se lo pides en voz alta, y lo gritas en un susurro.

“Ahí…”

“Ahí…”

“Más…”

“Más…”

Y te escuchas, y rompes de golpe el umbral entre la imaginación y la realidad, y se incendia tu cuerpo. Y el fuego recorre tu alma.

Las imágenes se suceden sin sentido, una tras otra y en perfecta anacronía. Ya no es él. Son ellos, es ella, es Ella, eres tú fuera de ti, eres tú dentro de ti, es Él dentro de ti mientras Ella te lee un cuento en voz alta. El sudor recorre tu frente y tus piernas extendidas esperan, ansiosas, el frenético recorrido de la ola de placer.

Y se repite. Y se repite.

Y cuando explotas:

Te perdonas.

Te reconcilias.

Te aceptas.

Te reconoces.

Y luego, esta mente mía tan retorcida, sólo atina a reconocer letras. Palabras. Novelas. Poesía. Aforismos.

Recito entonces de memoria fragmentos de una novela que no me he atrevido a escribir. Doy al clavo con el epígrafe de mi primer libro. Descubro las palabras inscritas en mi epitafio.

Pienso en Cortázar.

Y la analogía es bellísima.

El clímax me remite, irremediablemente, a mis libros, a las letras. A los que he leído y a los muchísimos que quiero leer. Al libro que nunca he escrito y que tanto miedo me da comenzar.